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LIBRA

Una tras otra las olas se posan en el tiempo, y entonces aparece tu sonrisa, haciendo que suba la arena de un reloj, y que vuelva a un momento en el que todo era posible.

Quiero elevar mis súplicas a lomas alto, vivir recto y cantar, después, aceptaré que dudes de mi, no antes, porque no tendría fuerzas. Vivo sabiendo que tu mente brillante y tu rojo corazón habitan en lugares distintos, escriben otras cartas, y a veces, se mienten. Llegará un momento para el abrazo entre la torre de marfil y la sangre, en el que se encuentren todos los deseos perdidos, pero antes de que ocurra esto, yo decido creer en ti, en tu sonrisa llena de amaneceres, y en tu deseo de poder, en tu mano blanda y en tu dura premisa.

Y cuando creo en ti se me llena el corazón de azucenas, y un viento cálido y verdadero convierte mi cuerpo en brisa. Después veo que me das el mejor consejo, que sabes ver el derecho y el revés, y con que delicadeza sabes evaluar sin juzgar. Me adviertes de la necesidad de prudencia, al mismo tiempo que fomentas mi arrojo. Noto como tu suave mano coge, a veces, las riendas de mi vida, y la orienta hacia el Sol, después me las devuelve y casi no he notado que has cambiado mi destino, que has girado mi estrella entre tus dedos.

Buscas en la estética un reflejo de la ética, y me gusta oírte decir que no hay que buscar, sino encontrar.

Cuando me acerco a ti, noto mil mariposas en el estómago, y tu aroma a jazmines hace que mis pies no encuentren un lugar donde posarse.

Cuando te digo que te quiero, no pronuncio palabras, no lleno mi boca de sonidos, sino que me pongo de rodillas y dejo que celebre tu nombre aquel que es puro, y que en mi corazón mora.

Cuando me alejo de ti, no te añoro porque te llevo conmigo. Tu aliento relaja mis sienes y aleja mis malos pensamientos. Tu recuerdo lo tengo enmarcado en aire, para que este siempre en contacto con el cielo. ¡Pero no quiero vivir de tu recuerdo!, ¡quiero sentir tu calor bajo mi mano, y tu pecho respirando con anhelo las palabras que te digo, tu carne embravecida, tu mirada serena y firme como cien lagos de oro!. Y ver en tu frente una cascada de risas, y algún pesar.

Buscas en tu mente las respuestas a lo que te digo solo por pensar. Después tratas de levantarte y casi no puedes, me miras y me sonríes, te acercas y me besas, y tengo la sensación de que seria maravilloso si no vinieses desde tan lejos. A veces te he visto subido en un caballo de orgullo que me ha desconcertado un poco. No sabia que miedo te había llevado a devorar tu ternura y hacer que tu sangre hierba.

Quisiera trenzar contigo las manos y suplicar en silencio para que nos lleguen tardes de sol y amigos, música y laberintos.

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